La del domingo fue una madrugada prácticamente de Walpurgis, donde sólo faltaba el gachó de «Retrospecter» con cara de oreja de Leonard Nimoy que sacan los chanantes. Abriendo boca, y cerrando estómagos, el gurú Iker Jiménez y su «Cuarto milenio», que nos despachó su ración de historietas para no dormir, leyendas urbanas de la ESO y misteriazos en plan «salió a comprar tabaco rubio y no volvió... y su mujer aseguró en exclusiva que siempre fumaba Ducados. Los marcianos masónicos, sin duda». Entre la remesa de fotos con el dedazo marcado «fantasmagóricamente», trucajes conspiratorios y casos tremebundos se encontraba una editorial que sufrió un ataque por las bravas de un extraño ente cabreado por las buenas. Por suerte, ayer llegué a la redacción y los ficheros seguían en su sitio: será que nuestro espectro cojonero de la última semana no llegaba ni dando saltos.

Con la congoja tardo-dominical aún instalada en el lobanillo, y multiplicada a la fatídica hora de bajar la basura (en esas condiciones, la viejuna del tercero parece la vampira de Barcelona), zapeamos hacia otra experiencia de lo más paranormal: un magazín-buhonero donde Teresa Viejo anunciaba la fórmula magistral para perder peso. Mejor dicho, anunciaba los minutos que quedaban para conocerla, en un ejercicio de crueldad de lo más gordo. Mientras, para abrir boca, daba cancha a un desfile de fenómenos y especímenes que culminaba circensemente con «la familia que peor come de España», unos Monster gaditanos que no tendrían nada que hacer ante cualquier fresador de Alabama en pleno auge gástrico, por ejemplo. Amados monstruos, que diría Tomeo. Liberados kilos telebasureros, lo friqui sigue cotizando al alza, por extraño, por regomeyo, por hipnótico, por tan nuestro. Y eso que no hemos hablado de la calva «al ast» de Quique Guasch, otro expediente X catódico de bigotes.